Un mentira verdadera

Yo creía haber tenido una infancia feliz, o al menos, normal; el colegio, mis compañeros de clase, jugar, los veranos correteando por el monte… Soy el pequeño de dos hermanos, nos llevamos diez años y esta diferencia de edad no ayudó a facilitar el acercamiento entre dos caracteres, de por sí, muy distintos. Él, tan parecido a mi padre, serio y reservado, y yo, una reproducción del talante alegre de mi madre. Ni siquiera teníamos similitud a nivel físico, una copia de Zipi y Zape.

Vfg-Una mentira verdadera
Photo by Markus Spiske on Unsplash

Un día al llegar de la escuela, encontré a mi madre con los ojos perdidos en las llamas del fuego de la chimenea del salón. El invierno había llegado temprano ese año y la nieve cubría los tejados del pueblo. Esa noche para cenar solo había tres platos en la mesa. En el lugar que ocupaba mi padre no había nada. Comprendí entonces la aflicción que mi madre mostraba a media tarde. Mi padre no volvió a sentarse nunca más a la mesa.

Desde aquel día mi hermano se encerró aún más en sí mismo. Ese año acabó los estudios y decidió alistarse voluntario al servicio militar. Creo que quiso desaparecer. Alejarse cuanto antes del ambiente rural, de este pueblo perdido en las montañas, de sus rústicas gentes, pero, sobre todo, quería distanciarse de su familia.

El día de su marcha, le esperé en el quicio de la puerta de la entrada. A pesar de no congeniar, no quería que se fuese.

—Ahora que papá no está, mamá nos necesita más que nunca, Fede.

—Todavía eres muy joven para entender ciertas cosas, Juanito —dijo desde las escaleras del porche—. Mamá no me añorará, como tampoco añora a papá.

—¿Por qué dices eso? Mamá se quedó muy triste cuando papá se marchó.

—¿Tú, la viste llorar?

Me quedé inmóvil ante su pregunta. Ciertamente no derramó ni una lágrima, aunque sí oía que se quejaba por las noches.

—¿Y qué pasa conmigo?

Mi hermano mayor se me acercó y me rodeó con sus brazos en un fuerte abrazo.

—No dudes nunca que te quiero. Pase lo que pase, soy y seré siempre tu hermano. Me voy de esta casa, pero no te abandono— me dijo al oído.

Palabras que entendí a medias, la verdad, y en cada intento de análisis, más confusión me creaban.

Mamá no comentó su marcha ese día ni los posteriores. No sé por qué, pero yo tampoco lo hice. El tío Julio empezó a ayudarme con los animales de la cuadra para que no me ocuparan todo el día. Decía que el verano era para ir al río a bañarse con los amigos, que todavía no era tiempo de asumir responsabilidades tan grandes. Lo de los amigos, lo entendía, pero lo de “asumir responsabilidades tan grandes”, no acaba de descifrarlo. A veces me parecía que los mayores hablaban otro idioma. Yo le miraba, asentía y continuaba con mis labores.

Pasaron tres años y Fede volvió una noche. Nos encontró cenando. Las risas de la conversación en la que estábamos enfrascados cesaron cuando irrumpió en la sala. Tardamos dos segundos en reaccionar. Mamá se puso seria, aunque sus ojos mostraban alegría. Yo grité su nombre por la sorpresa. El tío Julio se levantó y fue a su encuentro para estrecharle la mano.

Fede se apartó del quicio de la puerta dando paso a una joven que apenas sonreía. A medio camino de alcanzar a mi hermano, el tío Julio paró su andar. A mamá se le cayó el vaso que sujetaba, rompiéndose al hacer contacto con la mesa. Me sobresalté por el estruendo y solté un grito. Después llegó el silencio.

Nadie se atrevía a realizar ningún movimiento. Todo se congeló esperando que mi madre se pronunciara. Ella se levantó de la mesa y sin mediar palabra con los recién llegados se marchó a la cocina. El tío Julio y yo nos cruzamos las miradas, pero yo no supe leer en sus ojos lo que él intuía que le había sucedido en ese momento a mamá.

Me levanté y me acerqué a Fede lentamente. Qué curioso. Había imaginado este reencuentro millones de veces y, en todos ellos, salía corriendo a echarme a sus brazos. Fede saludó primero al tío Julio con un apretón de manos y luego me agarró de los hombros y literalmente me arrolló con su abrazo. Ahí reconocí al Fede que se marchó y evoqué aquel momento mágico de hacía tres años.

—Juan, te presento a Niraya.

—Hola Juan, encantada de conocerte. Fede me ha hablado mucho de ti.

Me quedé sorprendido por la locuacidad con la que hablaba aquella chica. A juzgar por su nombre y aspecto, esperaba que no hablara español.

Fede se dirigió a la cocina, buscaba a mamá. Niraya pareció entender la situación y no le acompañó. El tío Julio mostró la atención propia que se ofrece a los invitados, pero evitó excederse en cortesía. Y yo me quedé absorto en la cabellera de Niraya, abarrotada de rizos.

Fede se instaló en su antigua habitación y Niraya ocupó la habitación de invitados. La situación en casa era tensa. Oí a mamá y al tío Julio discutir un par de veces después de la cena, pero en cuanto me veían aparecer, interrumpían la dialéctica y sonrían como si no pasara nada.

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Photo by Sebastian Unrau on Unsplash

Fede, Niraya y yo pasamos buena parte del tiempo haciendo excursiones por las inmediaciones. Fede quería enseñarle a Niraya todos los preciosos rincones por los que había correteado durante su infancia. Fede había cambiado. Había dejado de ser osco e introvertido. Ese semblante antipático que le antecedía había desaparecido dejando paso a una leve sonrisa que acudía con cierta regularidad. Esos días fueron maravillosos. Por fin disfrutaba de un hermano mayor, tantos años invisible, y Niraya parecía ser la pieza clave en su cambio de talante.

Mamá poco a poco fue recuperando su faceta afable, aunque todavía estaba lejos de su potencial, pero suficiente para que dejara de cortarse el aire con un cuchillo durante los ágapes.

—Estamos viviendo un engaño —solté una noche cuando estábamos cenando.

Fue la única frase que oí de aquella conversación que mantuvieron mamá y Fede y no me había acordado más de ella hasta ese momento. Dejé ir mis pensamientos en voz alta y resultó ser la chispa que encendió la mecha. Absolutamente todos paralizaron sus movimientos. Mamá dejó de servir la sopa. El tío Julio se atragantó con el vino. Fede mantuvo la cuchara llena de sopa a medio camino entre el plato y su boca. La única que no pareció sentirse demasiado afectada fue Niraya. Fede miró a mamá y ésta asintió con la cabeza.

—Juan, tienes razón y te debo una disculpa —dijo mamá—Voy a acabar esta noche con una mentira verdadera que llevamos más de veinte años ocultando.

Me fijé en las caras de todos y aprecié como sus rostros se habían relajado sutilmente ante la declaración de mamá, contrariamente a lo que a mí me había producido.

—No sé por dónde empezar..

Temiendo que mamá hiciera marcha atrás en su decisión, Fede empezó a explicar los motivos por los que se marchó de casa. Fue en busca de papá y utilizó la excusa del servicio militar para no levantar sospechas. Siempre se había sentido unido a papá, pese a que durante muchos años solo le dedicara la mitad de su atención, explicó.

—¿Lo encontraste? —pregunté ansioso.

—Sí, lo encontré. Lo localicé en un hospital, estaba moribundo. Había sufrido un infarto y su estado era crítico. A los pocos días murió. Niraya estuvo a su lado, cuidando de él, dándole cariño y atención casi veinticuatro horas al día.

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Photo by Daan Stevens on Unsplash

—¡¿Papá ha muerto?! —dije exaltado y, mirando a mamá, añadí—¿lo sabías?

Mamá negó con la cabeza.

—Niraya, me dijiste que eras maestra. ¿También eres enfermera?

Niraya negó con la cabeza.

—Fede, ¿qué es eso de que papá solo te dedicaba la mitad de su atención?

Un montón de preguntas se me agolpaban en la boca queriendo saber más. Impaciencia de un joven atónito con las noticias que iba escuchando.

—Cuatro meses más tarde de que yo naciera —empezó diciendo Fede —un bebé de ojos negros llegó a este mundo en el Hospital Central de la capital, fruto del amor de dos personas: papá y otra mujer que no era mamá.

Volví la cabeza hacia mamá. No lloraba, pero tampoco sonría. Estaba serena. Yo no entendía nada.

Fede explicó que el matrimonio entre papá y mamá había sido por conveniencia. Así lo habían pactado los abuelos y ellos aceptaron porque era la mejor de las opciones. Con el tiempo aprendieron a convivir cordialmente.

—En aquellos tiempos las cosas eran de otra manera, lo sé—dije —Afortunadamente, ahora es distinto y, por ejemplo, una pareja como tú y Niraya, a pesar de que vuestro color de piel sea diferente, se acepta sin prejuicios.

—Años antes de que se marchara papá, ya había descubierto el secreto que guardaba, pero no dije nada. Mamá también lo sabía, era motivo de muchas discusiones entre los dos. Ellos pensaban que su parloteo no traspasaba las paredes. Olvidaron que, a través de los tubos que salen de la chimenea, el calor se distribuye por toda la casa, pero también sirven como altavoz de las conversaciones, sobre todo de aquellas que guardan secretos. Ese bebé creció con medio padre, al igual que lo hice yo. Cuando tú naciste y, perdóname hermano por lo que te voy a decir, fuiste la diana de todo mi rencor hacia aquella pantomima de familia. Creciste con un hermano que no te hacía caso, que no te quería ver porque le sobrepasaba la complejidad de los adultos.

Escuchaba a Fede atentamente. No perdía detalle de la historia que explicaba. Supuestamente narraba unos hechos cercanos y, sin embargo, tenía la sensación de estar escuchando una telenovela.

—Papá se enemistó con su hermano en los tiempos en los que tú crecías en la barriga de mamá. Desde ese momento, las discusiones desaparecieron y un silencio hiriente se apoderó de esta casa. Naciste y rompiste el embrujo. Mamá recuperaba la alegría cuando estaba contigo. Al poco de morir el último de nuestros abuelos, papá se marchó, ya no había razón para seguir alimentando una patraña. Decidió irse para no volver y yo en ese momento lo odié con toda mi alma porque me había dejado solo.

Fede interrumpió su relato para beber un poco de agua y aproveché para observar a los congregados allí. Mamá estaba cabizbaja y el tío Julio jugaba con el servilletero de forma nerviosa. Niraya seguía tranquila.

—Un hechizo de hielo nos había congelado el corazón como familia y apenas nos hablábamos entre nosotros. El tío Julio empezó a pasarse por casa para ayudar a mamá con los animales porque ella no podía con todo. Solo cuando tú y yo nos íbamos a dormir, mamá parecía que se relajaba un poco. Una noche que estaba desvelado escuché susurros en el piso de abajo. No encontré a mamá en su cuarto para avisarla y decidí investigar solo. La cocina y el salón estaban a oscuras, pero una tenue luz se filtraba por la rendija de la habitación del abuelo. Con sigilo accioné el pomo y aquellos susurros que se filtraban en mi habitación eran en realidad demostraciones de pasión bajo las sábanas. Mamá y el tío Julio se amaban. En menos de un segundo mi cabecita averiguó también el motivo por el que los dos hermanos se habían dejado de hablar cuando yo contaba con diez años y nueve meses.

Mi cara debía de ser un poema en ese momento y un millar de preguntas acudieron a mi mente, pero, poniéndose un dedo en los labios, Fede me hizo entender que debía esperar a que acabara de contarlo todo. Contuve mi lengua tal como me lo solicitaba, pero mis ojos no podían dejar de mirar a mamá y al tío Julio.

—Papá no me dejó solo como yo creí al principio —siguió diciendo Fede —El día de su marcha me dejó una carta y en la solapa del sobre se leía: ábrelo cuando cumplas dieciocho años. Obedecí. Esperé a ser mayor de edad y entonces lo leí. Recuerdo extraer la carta con miedo, no sabía el contenido y me acobardaba pensar que me pudiera hacer aún más daño que su marcha. Contrariamente a cómo yo lo conocía, al leerla encontré a un padre cercano que pedía disculpas por no haber sido sincero conmigo y explicaba los motivos por los que había estado en silencio tantos años. Lamentaba no haber exteriorizado lo orgulloso que se sentía de mí y me pedía disculpas por su cobardía. Me dejó claro que quería a partes iguales a sus hijos. A pie de carta papá había escrito una dirección de correo postal. Allí me dirigí cuando me marché de aquí, pero nadie me abrió la puerta. Al preguntar a los vecinos, estos me dijeron que la inquilina llevaba dos días en el hospital atendiendo a su padre. Papá abandonó este mundo sonriendo, cuando vio a su hijo Federico consolando a su medio hermana, Niraya.

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