Los niños de colonias (I)

Tengo un disgusto… Bueno, quizá este término sea alarmista, perdonad.. A veces me sale una vena andaluza que no sé de quién la he heredado. En realidad el término adecuado a mi sentimiento es decepción.

¿Y a qué se debe? Pues mirad, el año pasado los niños se fueron tres días de colonias a una casa en la montaña. Ambos se iniciaban entonces en este tipo de experiencias. Olivia disfrutó desde el minuto uno, no puedo decir lo mismo de Dídac, que se pasó los tres días vomitando y sin apenas comer nada. La monitora me llamó porque no sabía qué hacer, estaba muy despistada con la actitud que mostraba Dídac. A ratos estaba alegre, saltando y corriendo y otros estaba tristón o vomitando. Que no comiera mucho, lo consideré hasta normal porque “el señor” es muy maniático con los menús, con los olores y también con los sabores. Un ejemplo: el mismo plato, pongamos arroz con tomate, con otra salsa de tomate que no sea la hecha en casa por mí, es motivo de desprecio absoluto. Y como este ejemplo, muchos otros. Pero además, lo poco que comía, lo expulsaba. A ver, el niño tenía reservas suficientes para esos tres días de semi-ayuno y para alguno más, también, pero perder peso no era el objetivo de apuntarlo a las colonias. Por otro lado, no tenía fiebre, no se tocaba la barriga, no pedía que lo cogieran en brazos, síntomas sine qua non de que sufriera algún tipo de malestar físico. Total, que tan pronto reía y saltaba y se bañaba, como vomitaba y se tiraba largo en la cama. Para la monitora un expediente X, sin embargo, yo… yo intuía lo que le pasaba.

Un niño con carencia de comunicación verbal y con una capacidad de comprensión muy limitada, estar en esta sociedad, llena de ruidos (incluida la voz humana), movimientos y luces, le resulta muy estresante. Para él, nosotros vivimos en un completo caos y, entre este torbellino de sonidos y tráfico, solo encuentran paz y confianza en las rutinas establecidas y en la anticipación de los acontecimientos.

Los niños de colonias 1
Los niños de colonias

Cuando Dídac se fue de colonias el año pasado, pensó que se iba de excursión de un día y su carita expresaba felicidad. Montó en el autobús con su mochila y esperó contento a que se pusiera en marcha. Pasó el día disfrutando de las actividades, de la piscina y de lo que mamá le había preparado para comer. Más tarde, cuando fue atardeciendo y vio que ningún autobús se acercaba a recogerle para volver a casa, se fue poniendo nervioso, siendo la cena el desencadenante de su malestar. Empezó a vomitar y ya no comió nada. Se le truncó el humor dando paso a un estado de nervios y ansiedad que lo exteriorizaba devolviendo lo que comía. Desazón por no volver a casa y también por no saber cuántos días estaría ausente. Lo que venía siendo una experiencia motivadora y divertida, se había convertido en una pesadilla…

Este año los apunté de nuevo a las colonias del casal de verano con la esperanza de que Dídac pudiera disfrutar como cualquier niño. Pensando que su motivo de ansiedad principal era el desconocimiento de lo que iba a ocurrir esos días, pero sobre todo, era la incógnita de cuándo volvería a casa, decidí prepararle una agenda visual de los tres días, detallando con pictogramas todas las actividades planeadas y haciendo especial hincapié en que dormiría con la monitora durante dos noches.

Para elaborar dicho esquema, solicité a la organización un detalle de los sitios donde irían, qué harían, cuándo había piscina, qué tipo de actividades, etc… Busqué las imágenes correspondientes a todo y, en una hoja A4 que luego plastifiqué, lo dispuse en orden para que Dídac se pudiera organizar mentalmente el tiempo. Además, llevaba una agenda visual portátil, cuyas imágenes coincidían con el esquema de tres días. Por otro lado, escribí tres hojas con recomendaciones y pequeños detalles a tener en cuenta, para que las excursiones y salidas por las inmediaciones resultaran un éxito. Invertí casi tres días en preparar todo el material, valía la pena. ¿Qué no hace una madre por su hijo?

Llegó el día señalado. Dídac y Olivia se hicieron la foto de rigor, cada uno con su maleta y dispuestos a irse con los monitores del Casal a las colonias. A Dídac le expliqué, utilizando la agenda visual que había preparado, que volvería a casa al cabo de tres días. No me hizo mucho caso. Cargamos la maleta en el autobús y les dijimos adiós….

Pienso que si no hay noticias, son buenas noticias, así que no suelo llamar para interesarme. Pasó la primera noche y no recibí ninguna llamada. El teléfono se mantuvo en silencio los tres días y quise creer que todo había funcionado a la perfección, o, si más no, que Dídac no se había angustiado.

En breve, el desenlace.

 

 

 

 

 

 

 

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