Serie: Aquí te pillo, aquí.. ¿se mata? – IV/IV

Aquí te pillo, aquí.. ¿se mata?
Caso cerrado

Capítulo IV y último: Caso cerrado

–Pase y siéntese, Álex– dice el capitán.

Están reunidos en una sala de interrogatorios el inspector Juan, su compañero Álex y el capitán. Hacía una semana que se había encontrado el cadáver de Bárbara Río en el Parque del Ruiseñor, cerca de la zona donde se encontraba la Cueva del Pastor Tuerto. Su identificación se hizo comparando sus huellas dactilares con las que tenía la Policía Nacional para el DNI. En el momento de su localización, carecía de documentación y nadie en el barrio la conocía, según informaron los policías que investigaron en los edificios vecinos. Originaria de Castellón, había llegado a este barrio hacía escasamente una semana porque había conseguido un trabajo de enfermera en el hospital infantil. Identificada la fallecida, localizaron a sus padres quienes informaron de su actual dirección y el motivo de su traslado.

–¿Se sabe cual es el motivo de la muerte? – Pregunta Álex.

–El forense dice que murió entre las 7:00am y las 8:30am, por rotura de cráneo causada por traumatismo. Se dio en la cabeza con una roca y le causó la muerte – Contesta el capitán.

–Entonces no fue un homicidio ¿no? – Sigue preguntando Álex.

–Técnicamente no, pero se han encontrado pruebas que indican que el golpe no fue fortuito – Interviene Juan.

–En la ropa de Bárbara había un pelo corto de color negro. Al analizar la camiseta más en detalle, los del laboratorio encontraron restos de sudor ajenos a ella – continúa el capitán.

Tanto Juan como el capitán se percatan de cómo Álex agranda los ojos por la información compartida, pero no dice nada, se mantiene expectante.

–Por otro lado, en el escenario y debido a que el suelo estaba enfangado, se pudieron tomar pruebas de las pisadas. Además de las propias de la víctima, se han encontrado otras.

–¡Pertenecen a un varón! – dice Juan exaltado.

–¡Calle Juan! El interrogatorio lo dirijo yo – Salta el capitán molesto.

–¿Interrogatorio? – Dice Álex sorprendido –¿Es por eso que me relevó del caso, capitán?

–Dígame Álex, ¿conocía usted a la víctima? – Pregunta el capitán haciendo caso omiso a su cuestión.

–¡No! –Contesta rotundo Álex.

Un denso silencio invade la habitación durante unos segundos. El capitán continúa.

–El laboratorio ha comprobado que el ADN del pelo negro y corto encontrado en la camiseta de la víctima pertenecen a un varón –El capitán mira a Álex mientras desvela la información. Tras un par de segundos continua –También se ha comprobado que el sudor es de un sujeto masculino –Y vuelve a silenciarse.

–¿Qué tienes que decir a eso, coleguita? –Importuna Juan.

–¡Juan, cállese! Una nueva intervención así y lo expulso.

Juan iba a replicar, pero se lo piensa dos veces aunque le aguanta la mirada. El capitán reanuda la exposición de datos.

–Por otro lado, las pisadas encontradas en el escenario también son relevantes. Por el tamaño sé que son un cuarenta y cuatro de pie. Por la forma sé que son de varón. Por lo hundidas que están en el barro, estimo un peso de unos setenta kilogramos.

Álex parece estar perplejo ante la información que le están dando. No entiende bien qué significa todo eso. Si es un interrogatorio… si lo están interrogando debe ser porque lo consideran sospechoso. Sin embargo, no lo han detenido formalmente. Entonces, ¿por qué lo interrogan?

–Analizando el dibujo que la suela había dejado en el barro, he localizado el modelo y la marca de deportivas. Pertenecen a una marca muy elitista de deporte que entrega ejemplares únicos a cada cliente.

La cara de Álex no se mueve, sin embargo la de Juan cambia. En realidad todo él se tensiona.

–Perdón, se me ha olvidado mencionar que el laboratorio comprobó que el pelo y el sudor encontrado en la camiseta de la difunta son del mismo sujeto – y de nuevo el capitán calla para analizar las reacciones.

–¡Dígaselo ya, joder, capitán! ¡Dígaselo!

–¡Que se calle, Juan! No le aguantaré más interrupciones.

–¿Han averiguado a quién pertenecen las zapatillas de deporte de las pisadas? –pregunta Álex.

Al capitán le brillan los ojos, pero se cuida mucho de expresar sus pensamientos a través del lenguaje corporal.

–La empresa que distribuye esa marca me facilitó el comercio donde se vendió ese exclusivo ejemplar. Dicha tienda está especializada en ropa deportiva para profesionales. En relación al ADN del pelo negro y del sudor hallados en la ropa de la chica, la policía científica nos ha desvelado que pertenece a un miembro del cuerpo de policía.

En ese momento, el capitán miró fijamente a Álex y le preguntó:

–¿Insiste usted, Álex, en que no conocía a la joven de melena castaña?

–No, no la conocía.

–¿Pero qué dices? ¡Si te la follaste la mañana que murió! ¡Eso dijiste!

–¿Pero qué te pasa, Juan? ¡Dije que nuestros corazones se habían tocado!

–¡Pues eso! Lo que yo decía –contesta con desdén.

–Inspector, esa mañana salí a correr por el parque y choqué con ella accidentalmente. Iba con los auriculares puestos escuchando música y no la oí ni la vi. Al chocar, nos abrazamos involuntariamente. Le pregunté si se había hecho daño, si la acompañaba a algún sitio, pero ella no quiso y se marchó. Yo me fui a casa, me duché y me fui a trabajar. Eso es todo.

–Te la intentaste tirar y ella se te escapó. La perseguiste, le diste alcance y la golpeaste contra una roca. ¡Te la cargaste! ¡Confiesa Álex! ¡Tú la mataste!

Se hace un silencio. Nadie habla. El capitán cruje los dedos y el policía uniformado entra en la habitación y deja dos tickets sobre la mesa.

–Estas son las copias de dos justificantes de compra. Uno pertenece a las zapatillas de deporte cuyas pisadas corresponden con las que se encontró junto a la joven –explica el capitán –El dueño del comercio vendió el mismo producto en el mismo número a dos varones distintos en cuestión de una semana, pero, lamentablemente, no registró el nombre del propietario final.

La cara de Juan empalidece.

–Por otro lado, en la mano izquierda de la inocente se encontró un botón con un hilo enganchado. Creo que la chica lo arrancó poco antes de morir. El hilo era azul celeste. Si encuentro la prenda a la que pertenecía, tendré el caso prácticamente cerrado.

Juan empezó a sudar, pero mantuvo el tipo. Álex estaba descolocado. No entendía dónde quería llegar a parar el capitán.

–Por último les diré que afortunadamente las zapatillas de deporte se adquirieron utilizando tarjetas bancarias y así pude saber la identidad de los dos clientes. Con esta información, el juez me autorizó a registrar la casa de los dos sospechosos. Uno de los dos estuvo con la chica cuando murió, solo tenía que encontrar el par de deportivas cuyo símbolo coincidiera con el que había en el molde de la pisada.

El capitán calla para ver las reacciones de ambos inspectores. Álex escucha, pero no se atreve a decir nada. Juan tiene la cara desencajada.

–Estoy esperando, Juan –dice el capitán.

–¡¡¿Tú?!! –salta Álex descompuesto por lo que intuye que el capitán quiere decir y mira fijamente a su compañero.

Juan parece estar en estado de shock. Mantiene la cabeza gacha durante un largo minuto. De pronto se incorpora y le dice al capitán.

–Solo tiene pruebas de que estuve en el mismo lugar que ella. No tiene ninguna prueba de que fuera a mí a quien arrancara el botón de la camisa.

El capitán por fin sonríe. Acaba de cerrar el caso y tiene al culpable.

–En ningún momento he dicho que el botón fuera de una camisa. Usted acaba de confirmármelo, Juan.

–¡Sí, es verdad! –añade exaltado Álex –El día de autos, tú, Juan, llevabas una camisa celeste y el botón de tu bolsillo derecho lo habías perdido. Lo recuerdo perfectamente porque te agachaste a recoger las llaves del coche del suelo y te cogí al vuelo el móvil que caía del bolsillo de tu camisa. Te aconsejé que lo cambiaras al bolsillo izquierdo que sí tenía botón –Álex calla un momento, hace memoria y continúa –Recuerdo que al llegar de nuevo a comisaría, te cambiaste de camisa y la celeste la dejaste en taquilla.

El capitán chasquea los dedos y el policía de uniforme hace acto de presencia. Le indica que abra la taquilla de Juan y traiga su contenido. A los dos minutos vuelve y expone lo encontrado: un desodorante, un peine, una libreta de pasatiempos, un Interview y una camisa celeste hecha un ovillo. El capitán la desenmaraña y comprueba que al bolsillo derecho le falta el botón.

–Juan, queda usted detenido por el intento de asesinato de Bárbara Ríos. Se ha salvado usted de una acusación mayor porque la autopsia confirmó que la muerte fue fortuita. Pero lo que no me cabe duda, después de ver su comportamiento en este interrogatorio y sumado a las hierbas arrancadas por Bárbara en un intento de escapar cuando subía aquel escalón de piedra, es que su intención era matarla.

Juan está descompuesto. Su crimen perfecto se ha ido al traste. No acaba de asimilar que todo ha sido en vano.

–Dígame Juan, ¿por qué lo hizo? Llevaba una buena trayectoria policial, tenía una buena vida, qué más podía pedir.

–Una buena vida, dice. Querrá decir una vida de mierda, capitán. Un policía con una mente privilegiada como la mía encerrado en un barrio de santos donde nunca pasa nada. Me estaba consumiendo. Tenía que hacer algo para cambiar el rumbo de mi vida. Se me ocurrió perpetrar un crimen y darles también el asesino. Pero la muy zorra se mató sola y eso me trastocó todos los planes.

–Entiendo. Sepa usted que estaba propuesto para formar parte de un grupo de criminólogos especialistas en raptos.

La cara de Juan es un poema. Su impaciencia lo ha traicionado. Su avaricia, su soberbia han sido su perdición. El capitán ordena que se lo lleven y se dirige a Álex.

–Álex, queda usted degradado a policía. Se va a pasar usted un año poniendo multas de aparcamiento. Se lo advierto, no vuelva nunca a ocultarme información o le acusaré de obstrucción a la justicia.

–Capitán, ¿cómo lo supo?

–Le conozco desde que era un niño. Usted no es capaz de matar una mosca. Aunque las pruebas iniciales, la del pelo negro y sudor apuntaban a que era usted el culpable, me resistí a aceptarlo. Luego las otras pruebas indicaban que Juan tenía algo que ver, pero me faltaba encontrar el eslabón que uniera el botón con él. Le tendí una trampa y le usé a usted de cebo. Quid pro quo. El resto ya lo sabe.

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