Serie: Aquí te pillo, aquí..¿se mata? – II/IV

Aquí te pillo, aquí..¿se mata?
¿Dónde vas Caperucita?

Capítulo II/IV: ¿Dónde vas Caperucita?

–¡Fuuuuuu!  ¡Un-dos, un-dos, un-dos! Azh…azh…azh…azh…

–¡Boom! ¡Aaaahh!

¿Qué ha pasado? Menudo tortazo nos hemos dado este tipo y yo. ¡Si es que no lo he visto! Por su pinta, también es corredor matinal. Espero no conocer a todos los vecinos de mi nuevo barrio de esta manera, mi cabeza no es tan dura como para resistir tantos choques. Sonrío por el pensamiento. Uf, me duele la frente, creo que me va a salir un chichón.

–Disculpa mi torpeza, es que con los auriculares no oigo nada. ¿Te estás tocando la cabeza? ¿Tienes sangre? ¿Te he hecho daño? Quiero decir, eh.. Espera, ¿te duele mucho? ¿Llamo a una ambulancia? El móvil, dónde lo llevo… ¡Mierda! ¡Perdón por la expresión! No lo he cogido. Te llevo..

Reacciona Bárbara, este chico está descompuesto por la situación y eso que yo me he llevado la peor parte. No ha pasado nada, en marcha de nuevo. Sonríele a modo de despedida y de nuevo a correr.

  –¡Un-dos, un-dos, un-dos!  Azh…azh…azh…azh…

Uf, me está empezando a doler la cabeza, seguro que es por el golpe, creo que voy a dejarlo por hoy. Para ser el primer día que salgo a correr, ya tengo suficiente, volveré caminando a casa. Me apetece una buena ducha de agua caliente. Anda, ¿y este sendero? Parece que atraviesa el parque. Si voy por aquí, me ahorro la mitad del camino. Es un poco abrupto y a juzgar por lo poco despejado que está, no parece muy transitado. Mejor, así seguro que no colisiono con nadie más.

Jolines, cada vez me duele más la cabeza. No me extraña, el porrazo ha sido espectacular, menos mal que nos hemos abrazado y así hemos evitado caernos al suelo. Venga, Bárbara, anímate, cada paso que avanzas es uno menos que te queda. Si no estuviera el suelo tan enfangado, avanzaría más deprisa, creo yo. No sé si escoger este sendero ha sido tan buena idea, desde abajo parece más accesible.

  –¿Dónde vas Caperucita?

–¡Ahhhh!

Jolín, me he dado un buen susto. La pregunta no me inspira mucha confianza, siendo el lobo quien la dice en el cuento. Inconscientemente mi cuerpo se pone en tensión al tiempo que me giro buscando el origen de la voz. A metro y medio de mí, un hombre ataviado con tejanos y camisa de cuadros, zapatillas de deporte y gorra de béisbol me mira fijamente. Su postura indica que está en guardia, su posición estratégica impide el retroceso, pero es la mueca de superioridad en su tez la que me convence para salir corriendo de allí.

Ni siquiera le contesto, me giro de nuevo y continúo el ascenso siguiendo la dirección que llevaba de inicio, no había otra forma de huir de allí. Oigo al hombre que maldice por mi reacción y me lanza a voz en grito una amenaza que se me queda grabada en el cerebro: “¡no irás muy lejos, zorra!”. No hay duda, tengo que llegar a la carretera o no lo podré contar. Corro y corro. Con las manos voy apartando las zarzas y ramas que atraviesan ese atajo mal conservado. Noto los arañazos en los brazos, en las piernas y alguno que otro en la cara, pero me trago el dolor. Mi vida está en juego, es más que una intuición. Oigo mi respiración agitada y noto su presencia detrás de mí. ¿A cuánto está de mí?¿a un metro? ¿a dos? No lo sé, no puedo parar para comprobarlo. Bárbara sigue, corre, sigue.

Los segundos se hacen interminables, el sendero no parece tener fin. No puedo pensar, solo sé que debo correr. El corazón me late con fuerza y noto como las piernas piden descanso, necesitan un respiro, un segundo para recuperarse. Miro hacia arriba, queda el último tramo, el más empinado, el más abrupto. Venga, Bárbara, ya está, ya sales de aquí, un último esfuerzo, lo vas a conseguir.

Una roca que hace de escalón es el acceso al último trecho. Levanto la pierna derecha y me doy impulso, me agarro a unos hierbajos y consigo subir el pie izquierdo, pero no llego a depositarlo en el suelo. El perseguidor lo ha agarrado y estira de él. Pierdo el equilibrio, mis manos se escurren poco a poco del verde al que se asían. Desesperadamente busco con la mirada algo más consistente a lo que afianzarme, pero no veo nada, no hay nada más… Las fuerzas me están fallando, cedo. Inevitablemente noto como reculo, como retrocedo. Su fuerza es superior a la mía.

En el último momento, cuando todo está perdido, cuando no tengo escapatoria, cuando mi vida está sentenciada, intento lo último. Algo arriesgado pero con probabilidad de éxito. El pie izquierdo por él aprisionado, el derecho en el suelo que, junto a mis manos aferradas a la naturaleza, contrarrestan su intento de parar mi huida. Se me ocurre una idea: si suelto mis manos de golpe y me impulso con la pierna libre con toda la fuerza de la que dispongo, caeré encima de su esternón como si fuera una losa de plomo. Él amortiguará mi caída y quedará atontado. Tendré una nueva oportunidad de escapar. Tengo que intentarlo.

Justo en el momento de perder la batalla que llevamos, me desasgo y me impulso con la pierna derecha. Vuelo. Literalmente vuelo. Dos segundos  a cámara lenta. Este impulso lleva el último cartucho de fuerzas que me quedan y me hacen levitar, perder el contacto con el suelo y no solo eso. La propulsión empuja a mi agresor a un lado, que libera mi pie izquierdo y me deja al amparo de mi suerte. Anticipo el fracaso de mi plan y me agarro a lo que puedo para evitar el golpe contra el suelo. No encuentro nada consistente que frene mi aterrizaje. Paso por su lado, le toco el pecho con la mano izquierda y no reacciona. Toco suelo, primero el culo, luego la espalda y finalmente la cabeza que da contra una roca. No puedo moverme. No noto dolor. Él me mira con asco…,ya no veo nada.

Mañana, nuevo capítulo..

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