Semana Santa

Hoy quisiera explicaros lo que supone irme de viaje con mis hijos y os explicaré nuestra última experiencia; Semana Santa. En realidad, hacía mucho tiempo que no nos íbamos cuatro días fuera de casa porque salir de la zona de confort, donde todo está organizado, donde todo está preparado para mis hijos, es asumir riesgos para los que una no está siempre preparada mentalmente. Cuando hablo de riesgos, no me refiero a precipicios, precisamente.

Semana Santa - gruta - copia
Semana Santa – gruta

Mirar, más de una vez he oído decir que el camping es el mejor sitio para ir en familia. Montas la tienda de campaña, aparcas la caravana o alquilas un bungalow y no hay niños hasta la hora de comer o cenar. Ellos mismos encuentran amigos con los que juntarse para jugar. Vienen, van, pero te sientes tranquila porque el sitio está cercado. Lamentablemente no puedo compartir esa idea y lo digo con pena, creerme. Para nosotros son un lugar cerrado inmensamente grande en el que la relajación brilla por su ausencia. En nuestra primera experiencia, perdimos a Dídac en un camping con playa. En aquel momento, Dídac no sabía nadar, pero eso no era un problema para él. La angustia de no saber si se había ahogado o estaba en algún lugar del inmenso recinto, no se la deseo a nadie. Nuestro segundo intento fue pasados dos años de aquel suceso. Nos convencieron porque en esta ocasión la playa no estaba tan accesible. En esa ocasión, Dídac no encontraba aliciente para salir fuera del bungalow hasta que descubrió la piscina. Era primavera y el agua estaba fría, muy fría, pero eso a él no le importó. Literalmente teníamos que sacarlo del agua, titiritando y morado. Por su propio pie no salía y, en cuanto recuperaba algo de calor corporal, de nuevo se zambullía. La experiencia fue un fiasco porque pasamos más tiempo controlando dónde iba o qué hacía que disfrutar de algún descanso o conversación distendida. Aún y así, pasados tres años de aquella estancia, me planteo volver a intentarlo. Dídac ha madurado, entiende mejor las instrucciones, se puede negociar mejor. Si vamos, prometo volver aquí para contároslo.

A lo que iba.. Hoy quisiera contaros nuestra experiencia en una casa rural en el Pirineo aragonés durante esta pasada Semana Santa. La preparación ya fue una odisea: quien nos vio cargar el coche se quedó con la idea de que nos íbamos para un mes, por las maletas y bolsas que metimos en el maletero. Solo nos faltó el colchón en la baca para que pensaran que íbamos a cruzar el estrecho. No podía faltar la sandwichera y la batidora porque los dueños de la casita confirmaron su carencia. Lo primero lo necesitaba para poder hacer bikinis (mixtos), esencial para las excursiones puesto que Dídac no come bocadillos. Lo segundo para poder triturar fruta porque ninguno de los dos la tolera a trozos. El pronóstico meteorológico anunció al menos un día de lluvia y, como eso no importaba para salir a caminar, preferí poner una muda más y todo el calzado disponible, en previsión de que nos mojásemos, nos cayésemos vestidos al río, pisáramos cinco excreciones vacunas o qué se yo.

También me llevé tres protectores de colchón. Dídac todavía no controla los esfínteres durante la noche y es fácil que moje la cama a pesar de que duerma con pañal. De cuatro noches, tres tuvimos desbordamiento…

Cuestión comida: desde luego era mucho más fácil ir al supermercado allí, pero me arriesgaba a no encontrar, ya no los mismos productos, que seguro que sí, sino las mismas marcas. En cuanto a alimentación se refiere, Olivia es algo más tolerante, pero Dídac es muy rígido y se guía primero por la vista y el olfato. Si no es lo de siempre, no quiere probarlo en la mayoría de los casos. Como íbamos a pasar unos días de relax, era mejor ir a lo seguro y dejar las nuevas experiencias para momentos más cotidianos. Pensé y redacté los menús de cada día y compré en los comercios de al lado de casa.

Momentos de descanso: me había llevado el portátil por si la televisión era “de las de antes”. Afortunadamente tenía entrada USB para poder poner alguna de las películas favoritas de Dídac que llevábamos grabadas en un dispositivo de almacenamiento masivo. Los programas infantiles de antena nunca habían sido de su agrado. Sabía de antemano que no teníamos acceso a wifi, así que las tabletas de poco servían. Aún y así me las llevé por si teníamos algún momento de crisis aguda; para un ratito corto, siempre podía enlazarlas a mi móvil vía bluetooth, para que tuvieran acceso a internet y entraran en youtube a ver sus programas favoritos. No hizo falta y mientras preparábamos la cena o el desayuno y los bocatas para la excursión, Dídac veía una de sus películas favoritas en la tele, volcada del disco duro que nos habíamos traído. En ese momento era Tarzán y creo que en los cuatro días la vimos unas diez veces. Olivia se entretenía con sus muñecas, que hacían escalada por la escalera de caracol que daba acceso a las habitaciones.

Semana Santa - río
Semana Santa – río

Excursiones: todo lo que fuera ir en coche a algún sitio, Dídac accedía encantado. A Olivia le dábamos biodramina para que no se mareara porque a cualquier sitio donde fuéramos el acceso era después de una carretera de montaña, llena de curvas y teníamos experiencias previas para saber que era necesario administrársela. Una vez en el sitio, los paseos debían ser cortos y sin demasiada dificultad para no encontrarnos reticencias, sobre todo de Dídac, que es propenso a cansarse pronto. Vamos, que es un poquito vago el chavalín. Eso sí, si había un lago, el disfrute estaba asegurado. De hecho un día nos bañamos en el río. Hacía mucho calor y el agua, aunque fría, nos refrescó. ¿Quién fue el primero en desnudarse? ¿Qué pregunta, verdad? Dídac, sin lugar a dudas.

Semana Santa - cueva de osos cavernarios
Semana Santa – cueva de osos cavernarios

Una mañana decidimos ir a ver la cueva donde vivieron osos cavernarios. Siendo fan de la saga Los hijos de la Tierra de Jean M. Auel, no me lo podía perder. La visita era guiada y nos juntamos varias familias. Previa a la entrada, había quince minutos de ascenso por la montaña. No sabía cómo anticiparle a Dídac que íbamos a meternos en una gruta y que iba a ser chulísimo. Él no le encontraba sentido a ese esfuerzo y se resistía a avanzar. Por fin llegamos a la entrada. Olivia, con su facilidad para fraternizar, encontró una amiga de su edad. El guía sacó cascos para todos y mi ánimo se vino abajo. Si ya fue costoso hacerle entender en su día que para bañarse en la piscina cubierta debía ponerse el gorrito, a ver cómo lo convencía en cinco minutos de que era obligatorio entrar con casco. Andrés, Dídac y yo nos quedamos los últimos. Olivia se había autoadoptado a otra familia y se perdió con el grupo. Conseguí que se pusiera el casco sin atárselo, pero al segundo se lo quitaba. Él quería entrar, pero no podía ser sin casco. Avanzamos unos metros por el interior. Todo oscuro, la única luz la de la linterna acoplada a nuestros cascos. El suelo era muy resbaladizo y no había barandas donde sujetarse. Dídac chillaba cada vez que imperativamente le obligaba a ponerse el casco. Decidimos abortar la experiencia. Era demasiado peligroso. Andrés se quedó y buscó a su hija para identificarse como padre de la criatura y yo salí con Dídac al exterior y esperamos a que acabara la visita guiada. En ese ratito de descanso, tumbados a la sombra, mientras Dídac canturreaba, yo pensaba cómo practicar con Dídac ponerse el casco para poder volver otro día ;-).

Como analítica final a la experiencia Semana Santa debo deciros que, desde mi punto de vista, fue un éxito. Toda la organización previa fue básica para disfrutar de unas mini-vacaciones en un ambiente relajado, sin rabietas, sin gritos, sin pataletas. La prevención, la planificación, la previsión fue básica para poder disfrutar en familia en un espacio “no controlado”, nuevo, distinto…

 

 

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