¡La aventura te espera!

Esta entrada está especialmente dedicada a todas las personas que leyeron la entrevista que me hizo el Periódico el pasado viernes 18-nov-2016. Fueron muchísimos los mensajes recibidos, tanto a través de Facebook como del propio blog, también vía mi madre y hermanos, como de amigos y vecinos. Comunicados principalmente de ánimo,apoyo y ayuda que agradezco desde el corazón. El artículo quería principalmente comunicar un mensaje de Arriba y vamos!, mi lema, a todas las personas que se sienten desfallecer porque los problemas le superan, sean de la índole que sea. Por supuesto, muchos padres y madres con niños afectados de TEA se sintieron identificados con mis vivencias y así me lo transmitieron. Hubo padres que necesitaban una guía, un saber por dónde empezar, y me sentí bien de poderles ayudar en los primeros meses de absoluto desconcierto que suceden a la comunicación del diagnóstico. A todos y cada uno, GRACIAS.

Quisiera compartir con todos vosotros el siguiente escrito que lleva por título “La aventura te espera”. Si con la contraportada de el Periódico os compungí el corazón, hoy quiero sacaros una sonrisa leyendo esta vivencia que ocurrió en enero de 2015.

Sábado 4-enero-2015

¡La aventura te espera!

He titulado este escrito con esta frase porque le va como anillo al dedo. Extraída de una película de dibujos animados, UP, que últimamente Olivia la tiene como “top-ten”, aunque siempre después de Frozen, por supuesto, y que suelta de improviso y con entusiasmo para que su madre corresponda con otro alarido alzando el puño en actitud emprendedora. Oliva se troncha con mi representación y repite “L’avendura t’ezpea” esperando con una sonrisa que lo coree y así reírnos las dos de gusto. 

El caso es que hoy habíamos planeado  tirarnos en trineo. Los niños ya no llevan pañal y pensé que era el momento ideal para que conociesen la nieve y experimentasen con ella. Elegimos como destino La Molina, por cercanía y porque creíamos abierto un Burguer King en las inmediaciones y así premiar el día yendo después de “esquiar” a uno de los mejores restaurantes, según una escala infantil mundial. 

Novatos en el tema y sin equipamiento, involucré a toda la familia en la adecuación para el frío. Aprovecho para agradecer a mis hermanas y cuñadas la ayuda prestada. La movilización fue inmediata y pronto tuvimos monos, descansos y anoracks para todos.

Llegó el momento H. ¡Arriba!, dije animadamente esta mañana. ¡Todos en pie que nos vamos! La cosa iba viento en popa hasta el momento de vestir a Dídac. Aprovechando  que estaba distraído con una peli, ahí que fui yo con el mono azul marino de esquiador para metérselo por los pies. Todo iba bien hasta que se vio enjaulado en unos tirantes y arremetió contra mí para liberarse y lanzar el mono a tomar viento. Miré entonces a su padre que observaba la escena y le dije: el mono, el mono…. Ya sabía yo que tendríamos problemas con el mono. Anda, por favor, tráeme el pantalón de pana rojo. Ya le intentaremos poner el mono al llegar.

Pasamos a los zapatos. Para la ocasión estrenábamos unos descansos, altos como unos botines, realizados de goma dura recubiertos de borreguito para que no pasase frío. No pude ni meter medio pie porque se revolvió de tal manera que la bota salió despedida. Andrés, por favor, pásame las bambas que ya intentaremos cambiarle el calzado allá arriba.

Salimos por fin de casa y, puesto que el trayecto era largo, decidí sentarme en la parte trasera, justo en medio de los dos. A mi derecha Olivia y a mi izquierda Dídac. Iniciamos ruta guiados por el gps del móvil. Llegar a La Molina es sencillo para quien lo ha hecho más de una vez. Llegar, llegamos, pero…., pero….. . En cualquier caso, y analizando los viajes que hemos hecho en coche desde que Andrés y yo estamos juntos, debo decir que en un alto porcentaje de veces nos equivocamos y damos alguna pequeña vuelta antes de llegar a destino. Da igual que llevemos gps, como brújula o intuición, el caso es que casi siempre hacemos algún km de más.

Una vez pasados los nervios de reconducir el coche hacia la C-16 con destino La Cerdanya, parecía que todo iba bien hasta que Olivia me miró, abrió la boca y volcó parte del contenido de su estómago. Y digo parte, porque fue soltando un poco cada media hora, exasperando al resto de pasajeros menos a Dídac, que como íbamos en coche y le gusta mucho que lo paseen, daba saltitos de emoción sentado en el asiento, moviendo los bracitos como sólo él sabe hacerlo y amenizando el ambiente con sus cánticos subidos de tono y lectores, tomadlo en sentido literal.

Con la primera arcada paramos en mitad de la autopista para cambiar a la pobre cría. Aún yendo preparada con una bolsa para la ocasión, no dio tiempo a “encestar” todo lo que volcaba, así que camiseta y pantalón de esquiar apestando. Fenomenal. Menos mal que tengo otro mono, me dije. De momento, princesa, te cambio sólo la camiseta y luego, cuando bajemos del auto ya te cambiaré el pantalón, le dije. Ella me miraba pero no atendía, normal en su situación y estado. En éstas que Dídac levanta el dedo indicando que quiere algo. Ese algo era urgente, lo decían sus ojos. ¡Papá! Corre, corre, baja a Dídac que tiene pis.

El resto del trayecto lo pasamos helados porque íbamos con la ventana medio abierta para aliviar el olor a vómito. Así también enfriábamos los ánimos, que iban caldeados. Madre mía qué viajecito. Madre mía qué larguito.

Llegamos por fin a la estación donde alquilaban trineos. Marta y Alberto nos esperaban sentados en un muro porque ya lo habían hecho todo para matar el tiempo. Marta y Alberto son una pareja que tienen adoptados a mis hijos como sus hermanos pequeños, y en consecuencia, ellos para mí son sus hermanos mayores.

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Dídac “canturreando” de contento y a mamá se le cae la baba.

Aparcamos a 200mts de la entrada de pistas e inicié la operación “cambio de ropa”. Pantalón de esquiar limpio, rosa, para Olivia, nueva camiseta, con ésta llevamos 3. Venga Dídac, a vestir! Dije animosa y temerosa por dentro. Empezamos por el mono. El mono para ti, me dijo tirándolo fuera del coche. Muy bien, no vamos a discutir. Un pantalón de pijama y el pantalón de pana rojo que llevas, niño. Tengo 2 pantalones más de cada por si te mojas mucho, le dije. Ahora a por el calzado. Intentamos los descansos de nuevo: fiasco. Probé con unas botas de montaña que nos han regalado de segunda mano: fiasco. Probé con otras botas de monte: fiasco. Al menos déjame ponerte 2 pares de calcetines, ¡nen! Y sí, sí se dejó. Pues ea, con las bambas de antes y llevo otras y más calcetines para cuando se acabe la experiencia.

Ya en pistas, Olivia de inmediato mostró curiosidad por el manto blanco que se extendía por las laderas.

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Olivia encantada con la nieve

Dídac sólo atendió a sus instintos primarios de apetito. Caminamos 5 minutos y nos ubicamos en una zona donde no había gente, había nieve y el telesilla nos pasaba cerca. Hacía calor y Dídac comenzó a desnudarse. Uy, mierda! Éste se piensa que como la nieve es agua, se puede dar un baño, me alarmé. Pero no, se quedó en camiseta de manga corta y no tocó nada de cintura para abajo. Al principio se mostró expectante pero al poco quiso sentarse con su madre en el  trineo y bajamos los 3 juntos. ¡¡Sonreía!! Estaba disfrutando. ¿”Odra ve”? Dijo Olivia. Otra vez, le dije sonriendo porque ella también había gozado.

Así pasamos un buen rato. Unas veces se tiraban conmigo, otras con Alberto y Marta, otras con su padre. Lo estábamos pasando en grande. Unos niños que estaban junto a nosotros hicieron un muñeco de nieve y le pusieron una zanahoria que habían traído de casa. Dídac mostró interés por ella.

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Dídac indica a Olivia que devuelva la zanahoria a su dueño

Tanto es así que Marta y Olivia hicieron otro muñeco y cuando se hubo marchado el otro grupo, le robaron la hortaliza a su muñeco para ponérselo al suyo, hasta que Dídac lo descubrió y se lo devolvió a su dueño.

Pasamos un buen rato disfrutando de estas actividades, tomando el sol y riendo. Olivia se mojó tanto los pantalones con la nieve que tuvimos que volverla a cambiar, esta vez con doble pantalón de chándal, no había más.

Descubrimos que a Dídac no le gustaba el tacto de la nieve. Ponía esa cara de asco que conocemos porque con la comida que no le entra por los ojos hace igual. La tocó con la puntita de los dedos, tuvo un estremecimiento, salivó e hizo una burbuja y despreció los restos de nieve con repelús. No veas la cara que puso de ansiedad y desesperación cuando en una bajada en trineo, al derrapar nos quedamos cubiertos de una fina capa de nieve que se había levantado en la frenada. Dídac se incorporó nervioso y en lugar de sacudirse, corría en busca de alguien para que le quitara eso que llevaba encima. Me dio la risa.

Hicimos guerras de nieve y Olivia iba diciendo: no se tira, no se tira. Se nota que mamá pone normas en casa, ¿verdad?

Nos fuimos hacia las 15.30 y cambio de ropa de nuevo en ambos. El culitín lo tenían frío, frío, pero la sonrisa era de lo más cálida. Comimos a pie de pistas. Devoramos una pizza y unas hamburguesas. ¡No veáis si cansa subir y bajar la ladera de una montaña!

Nos despedimos de Marta y Alberto. ¡Son unos encantos! Os quiero mucho.

Me senté de nuevo entre los dos, en la parte trasera del coche, y rogué al cielo para que Olivia no se mareara porque se había zampado media pizza margarita. Se quedó dormida al cabo de poco, angelito.

Dídac volvía a mostrar excitación dando saltitos con el trasero y moviendo los brazos al son de su canturreo. De tanto en tanto me daba besitos. Me hacía pasar el brazo por detrás de su espalda para que me acercara y entonces juntaba sus labios con los míos, es su forma de besar. Supongo que me agradecía lo bien que se lo había pasado.

Yo ufana. Pletórica. Y cuando estoy así me gusta ponerlo por escrito; sé hacerlo, sé transmitirlo y quiero.

Mamá de Dídac y Olivia

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