A primera vista

vitruvioNadia en, Raíces y alas, observaba las orejas de todos los chicos a los que iba conociendo, siendo menospreciado aquel que descuidaba su apariencia dejando mostrar un matojo de pelos a cada lado de la sesera. ¿Os digo un secreto? No, no creáis que admitiré que es también mi prejuicio, porque, aunque es verdad que no es de mi agrado ver pelos en las orejas simulando antenas, no lo es tanto como para darle con la puerta en las narices a un posible aspirante. De joven, estudiando a Leonardo da Vinci en el colegio, me impresionó el Hombre de Vitruvio y sus proporciones perfectas. Tanto es así que, en unas vacaciones que pasé en la montaña, conocí a un chico, “guapito” de cara y simpático que bien se hubiera podido merecer una oportunidad, porque además el mozo ponía interés, pero era mirarle de arriba a abajo y perder todo el atractivo ganado con su cara y labia, porque no había armonía en sus dimensiones. El defecto no era muy pronunciado y hoy no le hubiera dado importancia, sin embargo en aquel entonces, solo hacía que imaginármelo con los brazos extendidos en el punto medio de un círculo y de un cuadrado, comprobar que no había equidistancia entre sus extremidades, y mentalmente rechazarlo como posible pareja, no así como amigo. Cosas de la adolescencia.

Es una realidad que todos tenemos prejuicios a la hora de dejarnos seducir por la vista. Unas preferencias preestablecidas que son el motor principal para aceptar una invitación a charlar de buenas a primeras o, todo lo contrario, despreciar sin otorgar oportunidad. ¿Dónde nacen estas predilecciones? La respuesta es clara; de lo que vemos y oímos.

Me refiero a las trabas mentales que nos auto-implantamos en el cerebro y que son claves para plantearnos una posible relación con el/la postulante. Probablemente en nuestra adolescencia y temprana madurez adoptamos como nuestros los patrones de disuasión de nuestros padres, de nuestros hermanos/as mayores e incluso quizá de nuestros amigos/as más avanzados/as en madurez, como le ocurrió a Nadia, que hizo propia la aspereza que su madre tenía a un desarreglo estético en las orejas de los hombres.

A medida que vamos adentrándonos en la edad adulta, el bagaje de vivencias propias , ya sean positivas o negativas es la causa de nuestro rechazo en un primer vistazo. Una gran amiga mía todavía me recuerda de vez en cuando lo que se llegó a reír cuando le dije que me había enamorado de un chico que llevaba el pelo largo y  vestía sandalias en verano. Superados los veinte, mi icono de hombre distaba mucho de semejante aspecto, de hecho el chico que aparecía en mis sueños llevaba el pelo bien corto y lucía unos mocasines brillantes en lomujer-a-carcajadas pies. Así describía al hombre de mi vida cuando las amigas nos reuníamos, todas solteras y sin compromiso, y salía a relucir la gran pregunta: ¿y cómo es  tu hombre ideal, Verónica? Pues bien, esa imagen preconcebida de mi hombre diez era el reflejo de un novio anterior y mi subconsciente me hacía rehuir sin miramientos de todos aquellos que no fueran su primo hermano, en sentido metafórico, se entiende. Una vivencia anterior estaba limitando mi horizonte de mira. Mi gran amiga se carcajea con más ímpetu aún hoy cuando me recuerda que la antítesis de mi hombre perfecto (teniendo solo en cuenta la cabellera y el calzado), es hoy mi marido y padre de mis dos hijos. Superé ese rechazo inicial que me produjo su coleta y pies al descubierto y dejé que todo lo demás me enamorara. Por favor no os riáis demasiado de mí, con ella tengo suficiente.

Lector, ¿alguna vez has asegurado algo para luego rectificar como me pasó a mí? Cuéntalo aquí, por favor.

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